Las redes son un arma letal para muchos ciudadanos. El fenómeno del contagio colectivo que se traduce en actos de  linchamiento públicos.

Antes te llevaban a la plaza del pueblo (ahora en algunos países también) y te lapidaban, ahora eso se ha desplazado al terreno digital, en lugar de piedras, te arrojan todo tipo de tuit venenosos que se hacen virales y a mayor contagio, más fervor de la plebe.

Todo linchamiento es siempre un acto nefasto y deplorable. La diferencia entre opinar y someter a un ciudadano a un acoso público y sin presunción de inocencia me preocupa, y mucho.

Cualquiera puede manipular un video, una foto, colgarlo en las redes y sepultar tu reputación, en el mejor de los casos, en el peor, destrozarte literalmente.

Todos estamos a un tuit de ver nuestras vidas destrozadas

Youtubers mononeuronales con miles de suscriptores y seguidores en redes, todo lo que digan es el evangelio para su sequito de seguidores, la gran mayoría menores ¿Acaso son conscientes de la responsabilidad que tienen?

No medimos el poder de las redes sociales y este es sin duda, el principal desafío para estas: la gestión del odio y el control del acoso.

Las redes, con la sobresaturación informativa, son el espacio perfecto para intoxicar con bulos y no son escasos los ejemplos, El de la enfermedad del Ébola, el de las Naranjas que causan sida y tantos otros que han corrido por las redes libres de filtros y sentido común.

El daño que generan a la reputación de las redes hace que algunas como  Facebook hayan anunciado que  alertarán  de bulos en su red social.

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Pero para que exista la calumnia, se requiere la complicidad del usuario que lo difunde sin cuestionar su autenticidad o veracidad.

Es mucho más sencillo juzgar que hacerse preguntas, difundir que  contrastar, dar por cierta cualquier publicación en lugar de hacernos preguntas.

Cómplices y verdugos de las redes sociales

La línea que separa la libertad de expresión del acoso es muy frágil.

Opinar no es sinónimo de acosar y  volcar toda la artillería del odio hacia una persona.

Las redes sociales permiten la complicidad del odio y la inmediatez de la injuria.

También ocurre que un twitt desafortunado de lugar a una fiebre revanchista colectiva, basta que llegue a las manos de un gurú de redes sociales con miles de seguidores para que se encienda la mecha del odio y la venganza.

Muchas personas han sido víctimas de esta caza de brujas desenfrenada, como el entrenador de delfines, cuya vida quedo destrozada tras la viralización de un video manipulado en donde supuestamente, maltrataba a un delfín, y que acabó trágicamente en suicidio.

Esto convierte en cómplices y verdugos a todos los que difundieron el bulo, a quienes no se cuestionaron la veracidad del video, a quienes propagaron la difamación.

También nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones en redes sociales y la responsabilidad que conllevan.

Quizás debamos analizar también nuestra propia fragilidad y como nuestra reputación y nuestra vida pueden ser despedazados por otros a golpe de RT  por un tuit malinterpretado o torpe ¿Acaso es justo?

Es momento de definir, si queremos convertirnos en cómplices y verdugos de los pontificadores de calumnias o abogar por hacer de las redes sociales, un lugar de encuentro, de libre expresión, pero desde la ética, el respeto y los derechos.

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Imagen Pixabay

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