En entornos online cada vez escuchamos mencionar con más frecuencia que ciertos robots –en su formato abreviado también los encontraremos como ‘bots‘– tienen la capacidad de navegar por nuestros websites, simulando el comportamiento humano. Sin ir más lejos, Google –el motor de búsqueda en Internet más utilizado del mundo– tiene desarrollado su propio ‘Googlebot‘, con el objetivo de rastrear todo el universo de URLs presentes en Internet y establecer la indexación de sus resultados. Pero, en esta irrupción de software automatizado que explora la red de redes, ¿las máquinas suponen un porcentaje importante del tráfico web?, ¿este fenómeno es completamente inofensivo o conlleva algún tipo de riesgo o amenaza para los internautas, los administradores de los websites o incluso los comercios electrónicos? En este breve artículo trataremos de ofrecer algunas respuestas.

El estudio de Incapsula revela que, durante el año 2014, el 56% del tráfico web estuvo en manos de robots

La empresa de sistemas de seguridad para Internet Incapsula elabora anualmente una investigación sobre la tipología de los visitantes que generan tráfico en nuestros websites. En el último ejercicio de 2014, su equipo ha detectado que más de la mitad de las visitas (56%) correspondía a robots inspeccionando las distintas URLs; mientras que el tráfico generado por internautas humanos sólo alcanzaba el 44%. Respecto a años anteriores, estos resultados demuestran que se mantiene la tendencia, ya que en 2013 los datos obtenidos mostraron un 60% de tráfico de robots. Pero la pregunta que cabe plantearse está relacionada con la clase de ‘bots’ que rastrean la red.

La mitad de estos ‘bots’ correspondían a software malicioso como suplantadores de identidad, hackers y rastreadores de información

Esta invasión de robots en las páginas web resulta especialmente negativa para los anunciantes que publicitan sus productos y servicios en Internet. Sólo conociendo estas cifras, que apuntan a una presencia tan elevada de ‘bots’, intuimos las nefastas consecuencias que supone para los negocios que invierten en campañas de marketing online. Podemos imaginar, por ejemplo, la multitud de empresas que escogen el método CPC (Coste Por Click) en Google Adwords o en otros medios. Miles de robots hacen clic en sus anuncios y, sin embargo, detrás de ese gasto no se encuentra ningún potencial cliente de su producto. Ni siquiera una presencia humana. Y la solución es paradójica, puesto que tampoco pueden renunciar a su visibilidad en la red. El desenlace final de tanto tránsito masivo de software automático es inevitable: millonarias pérdidas económicas relacionadas con el rastreo ‘bot’.

Según el análisis de la asociación neoyorquina ANA (Association of National Advertisers), las pérdidas de los anunciantes derivadas de clics fraudulentos de robots ascienden a 6,3 billones de dólares

No obstante, la repercusión de estas huestes de máquinas curioseando en nuestros websites no sólo se limita al perjuicio económico, sino que afecta a otras condiciones humanas mucho más comprometidas. Algunos de estos robots han sido utilizados para proferir amenazas directas a otras personas, puesto que pueden tener la capacidad de filtrarse en nuestros perfiles de las redes sociales. ¡Imaginamos cuál sería nuestra sorpresa al comprobar que, sin saber cómo, nuestra cuenta de Facebook o Twitter está difundiendo comentarios intimidatorios a otros contactos! Esas personas afectadas estarían en su pleno derecho de denunciar las amenazas, y ¿a quién correspondería la responsabilidad legal de ese envío de mensajes delictivos?, ¿tendríamos algún medio de demostrar que su autoría final no nos corresponde? Como usuarios cotidianos de redes sociales, el fenómeno de los robots señala la complejidad de establecer derechos y obligaciones de los internautas.

En caso de suplantación o de falseo de identidad por parte de robots el resultado puede ser comprometedor: a nivel legal e incluso político

Vivimos en una sociedad inmersa en la era digital, y nuestras relaciones sociales cada vez están más cimentadas sobre las tecnologías que aporta Internet. Tanto es así que incluso partidos políticos, instituciones públicas o cualquier tipo de organización conviven en ese ecosistema. Disponen de perfiles propios en las redes sociales, lo que les permite establecer una comunicación más directa con el ciudadano 2.0. Pero la existencia de robots malintencionados puede convertir esa proximidad en un arma de doble filo: también puede ser explotada al servicio de unos intereses políticos o partidistas. Los equipos de comunicación podrían planificar ciertas argucias para hacer uso de ‘bots‘ que generen identidades falsas. Dichos perfiles se convierten en ficticios seguidores de determinado líder o partido político. De este modo, contar con un multitudinario colectivo de simpatizantes puede decantar la balanza a favor de una opción política u otra. La eclosión repentina de miles de followers puede ser el primer signo que nos haga sospechar la intervención de robots. Máxime en en este año 2015 que nos depara varias campañas electorales.

Imagen de Lucas Zallio

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